Rebel Without a Clue



El amor es querer dar algo que no se tiene, a alguien que no lo quiere.  (Jean-Luc Godard)


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Sobreponiéndome al pánico paralizante y tras varios intentos abortados, la llamé por teléfono. Tenía un discurso preparado, pero como suele ocurrir en estos casos, no hizo falta. Le propuse un paseo inocuo por el jardín romántico, quizá tomar un café, hacer una pausa en los estudios con los exámenes ya tan próximos. Para mi sorpresa, aceptó en seguida y propuso sitio y hora. Cuando colgó me pareció que todo había sido tan fácil que era casi irreal.

Tras intentar, entre dudas paranoicas, adecentar mi apariencia, y en un estado de excitación nada conveniente, me dirigí a la cita. Mi primera cita con ella.

Cuando llegué, ya estaba allí. No en un banco ni paseando: Estaba sentada en lo alto de la barrera de troncos que los jardineros municipales habían instalado y que más parecía el vallado de un corral de ganado que un jardín romántico. En fin.

Lo que más me atraía de ella —bueno, todo me atraía de ella— era el leve deje anglosajón, ya que por lo demás hablaba un castellano perfecto. Yo había elaborado una lista de posibles temas de conversación (método, método, ante todo hay que tener diseñado un plan) pero tampoco me hizo falta porque la chica hablaba por los codos. Me lanzó un gran discurso sobre las condiciones meteorológicas en Winnipeg (¿Sería que, al igual que los británicos, el clima era un tema obligado para iniciar una conversación entre los canadienses?).

Como solemos hacer los hombres, escuchaba su voz como se escucha música, sin fijarme mucho en lo que decía (atención selectiva lo llaman). Más bien estaba atento a su apariencia, que me recordaba fuertemente a Daria Halprin. Camisa roja con estampado de cachemir; vaqueros convencionales con claveteados de nácar; sandalias planas de tiras de cuero; y ni rastro de collares, anillos o pendientes. Ni siquiera bolso. Así, tal cual, como surgida de la nada. Y mientras más sencilla es la apariencia de una persona, más difícil es deducir cosas sobre ella. Aviso a navegantes.

Al poco ya me sentía mucho más relajado. Paseamos, nos sentamos en una terraza, tomamos café y charlamos de todo un poco: viajes al extranjero, los estudios, los proyectos de la vida a nuestra edad

Me ofrecí a acompañarle al piso que compartía con otras tres estudiantes, pero insistió en que no y cogió un autobús, despidiéndose muy sonriente.

Regresé a casa como si acabase de realizar un viaje espacial, con un sentimiento mezcla de exaltación, sorpresa por lo fácil que había sido todo y expectativas, grandes expectativas. Y mi mente analítica empezó a maquinar los pasos siguientes. ¿Cuánto tiempo debía dejar pasar antes de volver a llamarla? ¿Eran mi apariencia y mi actitud las adecuadas? ¿Y mi conversación? Todo es susceptible de mejora y tenía que revisarlo todo. Si no fuera por los malditos exámenes…

Así que después de complejos cálculos numéricos en los que no faltaron la psicología, el estudio de usos y costumbres, los consejos de los amigos, la experiencia adquirida viendo películas románticas, las predicciones meteorológicas y un completo análisis de sus horarios de clase, la volví a llamar pasados tres días.

Que si estaba muy liada, que si tenía que estudiar, que quizá otro día etc… Me entró un bajón desproporcionado pero intenté racionalizarlo. Repetí el intento a intervalos de dos días, pero con idénticos resultados. Al cuarto intento, la realidad se me presentó cara a cara, con su persistencia pétrea: Muchacho, esto parece que no va a funcionar. Y ahí quedó todo.

Prosiguió el verano, pasé los exámenes con notas aceptables, y para cuando me quise dar cuenta, estaba ya en otro curso y la canadiense pertenecía ya a ese ámbito no muy bien definido, pero subjetivamente claro que llamamos el pasado.

Y casi exactamente un año después de la primera y única cita, en el vestíbulo de un teatro donde daban un concierto de guitarra clásica, vi en un pequeño grupo a diez metros de mí a la chica de la que hablo. Tuve una primera reacción de pánico, instinto de huída, parecida a la que deben sentir las gacelas del Serengueti cuando ven acercarse a ras de tierra a una leona. Pero antes de poder actuar me vio, y se acercó muy sonriente. Me agarró por el cuello, besos y sonrisas, qué ha sido de ti, cómo es que no me volviste a llamar (¡¿Qué?!), es que dije algo que te molestó etc. (Oh, no, no, yo me hago monje Shaolin)

Me sorprendió mi falta de emoción. Nos retiramos a nuestros respectivos rebaños, y me quedé pensando. Si las relaciones internacionales funcionan igual que las relaciones interpersonales, entonces sí que estamos bien jodidos.

Y del concierto, ni me enteré.






8 comentarios:

  1. Posiblemente lo primero que llama la atención de este texto es lo realista que resulta. Pero hay otros detalles que me resultan muy interesantes también, por ejemplo esto de "mientras más sencilla es la apariencia de una persona, más difícil es deducir cosas sobre ella". Nunca lo había pensado así.

    Y aparte de esto, me pregunto por qué ella no lo llamó a él.
    Ah, ya sé: precisamente porque es un texto muy realista.
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    1. Exacto. La realidad a veces no es lógica. El cuento es un guiño a mi especialidad en malentendidos.

      He observado que nunca comentas nada sobre los vídeos que amenizan las entradas del blog. ¿Crees que sobran?

      Saludos.

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    2. No, no creo que sobren los videos. Lo que ocurre es que yo prefiero leer sin escuchar música, para concentrarme exclusivamente en el texto. Y a veces me marcho del blog sin escucharlos, y otras veces los escucho después pero ya he dejado el comentario.
      Pero también es cierto que mi cultura musical es muy precaria y no me atrevo mucho a comentar en ese terreno.

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    3. Cierto. Yo tampoco oigo música mientras leo. Son actividades complementarias, nunca simultáneas.

      > "…no me atrevo mucho a comentar en ese terreno."

      Y sin embargo, comentas en el blog del Paseante con regularidad. Curiouser and curiouser ;).

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    4. Mmm, you nosy boy :D
      So you know how simple my comments on music are ;)

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  2. Sí, posiblemente las relaciones internacionales y las relaciones interpersonales tengan un denominador común: la hipocresía.

    Te voy a contar lo que pienso yo del asunto. Esta canadiense no estaba en absoluto interesada en el muchacho, y cuando al año lo azuza a seguir el juego es simplemente por alimentar su ego, su vanidad o simplemente sus ganas de diversión.

    En cuanto a tu frase lapidaria. Sí, esa de la sencillez de la apariencia, pues no sé, desde luego la indumentaria dice mucho acerca de las personas, pero ¿te has fijado por ejemplo en la "sencillez" de la clase alta? Esa es fácilmente deducible.

    Ah, y con la frase de Godard no estoy en absoluto de acuerdo.

    Saludos.

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    1. Estoy de acuerdo contigo en lo fundamental.

      ¿La hipocresía conforma las relaciones interpersonales? Suena un poco fuerte, pero es cierto que la urbanidad, la buena educación, es en el fondo, fingimiento. Creo que es un recurso heredado de nuestros ancestros primates para atenuar la violencia.

      Quizá debería haber dicho "apariencia simple" en vez de "apariencia sencilla", porque, como dices, hay por ejemplo una forma de elegancia en la sencillez. Quería decir más bien que, la ausencia de rasgos característicos dificulta el conocimiento de los demás. Aunque solemos completar esa ignorancia con cosas como el modo de hablar, el lenguaje gestual, etc.

      Y la frase de Godard es sólo una pincelada de sarcasmo en un relato que, algunos me han acusado de tener tintes misóginos. Bueno, como dijo Billy Wilder, "nadie es perfecto".

      Agradecido, como siempre, por tus observaciones.

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  3. Bueno, puede que me haya pasado un poco, es verdad. Pero me parece que en las relaciones sociales (ya sea por urbanidad, por educación o por lo que sea) hay una mezcolanza entre realidad y fingimiento que es de lo más natural. Pero siempre que no sobrepase ciertos grados, esta doblez (llamémosla así) forma parte de la esencia del sujeto y me parece saludable.

    Encantada de haber pasado por aquí.

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