Tatiana

 


Llegué con tiempo al restaurante en el que había quedado con Otto. Pregunté por la mesa reservada a su nombre. El encargado, demasiado afectado para mi gusto, me condujo a una mesa en el centro del local. Algunos empleados de hostelería confunden la atención al cliente con el histrionismo. Bueno, serán cosas mías.

—Una mesa para tres ¿verdad?
—Sí, eso es, gracias.

Para tres. Otto me había dicho que le acompañaría su hija. Comer con un cliente con niño —adolescente quizá— no era muy prometedor. Me preguntarán si soy anti-niños. No tengo ningún reparo en reconocer que así es. Si me gustasen los niños tendría una familia. Pero mi sentido de la libertad total no me ha llevado por ese camino. Sea como sea, hay que enfrentar las situaciones como se presentan.

—¿Tomará algo mientras espera?
—Sí, gracias, una cerveza, una cualquiera, ligera, Carlsberg, Budweiser, da igual.

El restaurante era de los que se esfuerzan por mantener una apariencia de local clásico y exclusivo. La decoración era impecable, algo recargada. Cuadros de galgos, de caballos, luz tenue pero suficiente, un toque de estilo inglés. Las sillas cómodas. Esto parece una tontería pero yo lo valoro mucho. Manteles y servilletas de blanco impoluto y buen tejido. Cubiertos de alpaca, pesados, de tacto agradable.

Creo que Otto quería dejar una buena impresión. Me suele ocurrir que mis clientes son los que intentan impresionarme a mí, cuando debiera ser al revés.

Estaba con mi cerveza cuando apareció Otto.

—No te levantes. ¿Cómo va todo? Voy a pedir otra cerveza para mí. Parece que no te gusta eso de las cervezas modernas, oscuras y turbias ¿verdad? A mí tampoco. Casi preferiría una caña de toda la vida, pero aquí no hay.

Otto me había contratado para hacer un estudio de un sistema de seguridad de la empresa de la que era precisamente director de seguridad. En nuestros primeros encuentros congeniamos en seguida, y las negociaciones avanzaron con facilidad. Aunque yo no perdía de vista lo que me dijo un colega hace tiempo: «Recuerda siempre que un cliente es un cliente, aunque a veces te parezca un amigo; y lo mismo con tu jefe: no es tu compi, es tu jefe, por mucho que parezca un amiguete. Te dará una patada en el culo en cuanto se lo ordenen. Sé amable, échate unas risas con él si procede, pero no lo olvides: es tu jefe.»

—¿No iba a venir tu hija?
—Sí, debería… mira, ahora llega.

Yo estaba sentado de espaldas a la puerta, así que no la vi venir. Esta frase tiene dos sentidos que, como se verá luego, son ambos apropiados.

Otto hizo un gesto que me pareció inusual: se puso de pie, casi en posición de firmes y la esperó sonriente. Yo me levanté también y miré hacia la puerta. El contraluz del exterior sólo me permitía ver una figura alta que avanzaba hacia nosotros con paso algo lento. Yo creía que la hija de Otto era una colegiala, pero nada de eso. Para los lectores con tendencia a perder el hilo, advertiré que estoy a punto de hablar de una mujer.

Otto hizo las presentaciones.

—Mi hija Edda.

Edda me dio la mano con firmeza y me quedé mirándola. De pronto me di cuenta de que debía decir algo, estaba paralizado y ella sonreía con curiosidad. Un nombre me vino a la mente, «Tatiana», y dije alguna frase convencional, de esas que se sacan del cajón de frases que hay que decir cuando procede.

Edda, Tatiana, estaba en el entorno de los veinte años. Alta, 1,75, con una apariencia por completo fuera de lo común. Yo esperaba una joven con jeans, un sweatshirt con el nombre de alguna universidad anglosajona, una pequeña mochila. Y lo que tenía delante era a Tatiana. Tatiana Nikolaievna Románova, segunda hija del último zar, Nicolás II, muerta el 17 de Julio de 1918 en el sótano de la casa Ipatiev, Yekaterinburg.

Pelo color caoba peinado en dos trenzas formando una corona al estilo alemán. Ojos grises, rasgados, más asiáticos que eslavos. Vestido largo color beige cayéndole desde los hombros hasta las rodillas. Sin bolso, sin móvil en la mano (esto era casi mágico), sin apenas aderezos: dos pendientes diminutos a juego con un colgante art nouveau. Años veinte. Sólo le faltaba un largo collar de cuentas y estaría lista para bailar el charleston.

Edda rompió el encantamiento.

—¿Nos sentamos? Y yo también quiero una Carlsberg.

Otto hizo otro gesto poco habitual. Sujetó el respaldo del asiento de ella para acomodarla.

Miramos la carta e hicimos el pedido. Nada inusual. Parecía que nadie tenía apetito.

Como Otto y yo ya nos habíamos dicho todo lo necesario, y él comía algo distraído, yo me dedique a observar a Edda y oírle hablar.

—Estudio diseño industrial. Estoy a punto de acabar. No, no me dedico a decoración y eso. Diseños de cosas más corrientes, mobiliario de baños, de cocina… Si has usado un microondas alguna vez, (puso cara de "no creo que uses mucho un microondas". Ay Edda, claro que lo uso, y mucho más de lo que supones) te habrás dado cuenta de lo mal diseñados que están. En todos los sentidos. Ergonomía y función, eso es todo. Y por supuesto, economía en la fabricación, durabilidad, servicio post-venta simple, materiales reciclables… Te estoy aburriendo ¿no?
—No, no, me encanta enterarme de cosas técnicas de fuera de mi ámbito. Soy muy curioso.

No me pasó desapercibida la extrema corrección con que Edda se comportaba en la mesa. Apoyaba los antebrazos, nunca los codos; usaba los cubiertos con precisión, aunque con la ligereza de una larga práctica; no hablaba con la boca llena; se limpiaba los labios con la servilleta antes de beber, pero sin afectación. Hablaba y reía siempre sin levantar la voz.

—Pareces un tío simpático. (y bajando la voz) Papá me había dicho que eras una especie de científico loco, un misántropo agobiándole con la seguridad y todo eso.

Nos empezamos a reír y Otto levantó la cabeza.

—¿De qué habláis?
—Edda dice que me tienes por un maniático de la seguridad.
—¡No, no, yo no he dicho eso!— Edda hizo un gesto de contención, consciente de haber levantado la voz. Creo que fue en ese instante cuando empezó el proceso. El proceso suele ser bastante rápido, y por lo general el inicio pasa desapercibido. Hasta que es demasiado tarde. No es mi caso. Por temperamento estoy siempre observándome y me doy cuenta en seguida. Pero como resulta agradable, a veces me dejo llevar hasta que una neurona especializada que tengo en la cabeza me avisa de que debo echar el freno. 

***

Terminada la comida, antes de que empezáramos a pensar en pedir café, Edda se levantó de repente.

—Me voy. Tengo una clase. Adiós papá. Ya nos veremos—. Y dirigiéndose a mí: —Encantada, ciao.

Se levantó y salió sin más. Y el local quedó como vacío. Y yo ya no supe si estaba comiendo, si estábamos en los postres, en los cafés o qué.

Otto me miró con atención.

—¿Verdad que te ha gustado Edda?

Me invadió una terrible sensación de vergüenza, como un colegial sorprendido en algo innombrable. Intenté desviar la conversación.

—Es muy graciosa, todo eso del diseño industrial… por cierto, la has educado muy bien.
—Bueno, el mérito es de mi mujer que es un poco cursi. Yo siempre digo que Edda empieza a parecer una de esas chicas a las que educan para entrar en el mundo de las relaciones sociales. Y en vez de eso, le ha dado por el mobiliario de cuartos de baño. No me digas que la cosa no tiene…
—No te quejes. No importa a qué se vaya a dedicar. Una buena educación nunca está de más.

Conversamos brevemente sobre el trabajo. Otto defendía la idea de seguridad basada en artilugios tecnológicos, como en las películas del tipo Misión Imposible, encriptación, reconocimiento de huellas digitales, imágenes de la retina, cosas así, mientras que yo le insistía en algo más básico: control de acceso de las personas a los sitios donde estaba la información que había que proteger, por ejemplo.

Al rato, tras un par de copas de coñac, eché una mirada a mi reloj, un gesto de lenguaje corporal con el que se indica que la reunión ha terminado.

—Me voy a tener que ir. El avión es a las siete y tengo que pasar por el hotel a recoger la maleta.
—Bien. ¿Quieres que te lleve?
—No, gracias Otto, me las arreglo.

Llegó la cuenta y nos levantamos mientras Otto pagaba.
 
—Entonces quedamos a partir del catorce— dije. —Traeré el proyecto retocado y tú hablas con la junta.
—De acuerdo. Me llamas en una semana más o menos para quedar.

Nos dimos la mano.

—Gracias por la comida. A ver si sale todo bien y nos apuntamos un tanto. Mis saludos a Tatiana.

Otto me miró con gesto de sorpresa.

—¿Tatiana? Querrás decir Edda.

Por dios, cómo puedo ser tán estúpido…

—Ah, sí, ya sabes, soy un desastre con los nombres.

Me miró con sonrisa de curiosidad.

—Lo que yo decía. Te ha gustado.

Estas son las cosas que van minando mi salud. Una y otra y otra.

***

El avión está en la pista de rodaje, acercándose al extremo de la 07R para despegar. Tengo algo de sueño. Empiezo a divagar.

Entiendo algunas revoluciones. Hablo de historia. Entiendo algunas, ninguna me gusta, aunque unas me parecen más comprensibles que otras. Entiendo la revolución de Cuba. No la de Camboya. Pero sin una información completa es difícil emitir juicios. De todas formas, no importa cómo sean de terribles las condiciones que llevan a una revolución, no puedo entender, ni quiero entenderlo. Los disparos no consiguieron abatir a Tatiana. Por una razón material. Llevaba cosidas en la ropa interior algunas de las joyas que habían conservado. Al final tuvieron que acabar con ella destrozándole la cara con la culata de un fusil. ¿Realmente era necesario?

"Cleared for takeoff". El avión acelera en el principio de la pista. Hago un voto, un voto apresurado: antes de que el avión despegue, habré olvidado a Edda. No tiene sentido, Edda tiene unos veinte años y yo he pasado de los cuarenta y cinco. No tiene sentido, no lo tiene, es un capricho, un juego, un estúpido juego de mi mente, un juego inútil. Y encima se me ocurre decir «Tatiana».

El avión acelera, noto el empuje en el respaldo del asiento. Bien, los motores impulsan la aeronave como debe ser. Al poco estamos casi en velocidad de despegue. El avión rota, el tren delantero se levanta. Adiós Tatiana. Dejo de oír el rumor de las ruedas, ya estamos en el aire. Como siempre, digo adiós a mis sueños de forma callada, muy callada, tánto que nadie se da cuenta, contándome, para consolarme, que todas esas fantasías son mentira, que no sirven para nada, que a la larga me van a hacer daño. Hay que ser prácticos: ergonomía y función. Y materiales reciclables. ¿No fue lo que dijo Tatiana?

Ahí quedará todo eso, en ese universo inexistente donde habitan las palabras no dichas, las bifurcaciones del sendero desechadas; donde moran los elfos y los unicornios; los números 
imaginarios, y las bombillas fundidas.


Atant fu jor, et ge m'esveille.




wings upon an Eden lost




I have never seen her clear
Nor known from what deep shade she slips,
Yet I have felt her sudden wings
Brush against my lips.

(Eunice Tietjens)

 *     *     *

 
There is no text to carve upon this stone,
Only the two dates and the single name

Whose syllabes like music shake the breast
In piercing flash upon an Eden lost.

(Clara Shanafelt)

 


…no traveller returns

 






















Lavinia es quien se encarga de organizar los viajes a los empleados de la empresa donde trabajo. Lavinia es una joven muy amable que se interesa por nosotros cuando nos encontramos con problemas en algún lugar remoto. No es raro vernos lejos de casa por culpa del trabajo, en algún sitio exótico, a veces en países con conflictos políticos, infraestructuras decrépitas, contratiempos con visados y permisos. Su nombre, Lavinia, parece sacado de un novelón británico de esos que leen las señoras en verano en la playa. Ella siempre nos saca de cualquier aprieto. En eso tenemos suerte, mucha más que los empleados de otras empresas competidoras nuestras, pobres diablos que viajan por el mundo de forma precaria, como si fueran refugiados políticos.

Lavinia me dijo que me buscaría un buen hotel para mi inminente viaje a Japón. Yo le sugerí la cadena New Otani, de la que tenía buenas referencias por compañeros que habían estado antes en el llamado «país del Sol Naciente». (Siempre me ha parecido una forma cursi de llamarlo. Es el país del sol naciente sólo si lo miras desde occidente, al igual que «Oriente Medio» lo es sólo si lo miras desde Europa).

—¿New Otani? —dijo Lavinia— Son buenos, pero tienen muchas cosas que no vas a tener tiempo de disfrutar. Todo eso de los spa, wellness, piscinas y tal son para turistas. No tendrás tiempo para esas cosas. Te voy a localizar un hotel bueno pero sin bobadas innecesarias. Y con habitaciones pequeñas.

Al oír lo de «habitaciones pequeñas» tuve la visión de uno de esos hoteles que llaman en Japón hoteles-cápsula, donde se duerme en una especie de sarcófago, con todas las comodidades, pero bastante opresivo, al menos para mí.

—No, no es de esos, no te imagino ahí dentro —rió Lavinia— Es uno que conozco con habitaciones de tres por tres metros, de buena calidad, una cama grande y una ducha. Es todo lo que necesitas.

—¿Tres por tres? ¿No es algo estrecho?

—Ya verás que no. ¿Qué vas a hacer en el hotel aparte de ducharte y dormir? Las habitaciones más grandes son sólo cuestión de imagen. No hace falta ni un sofá, ni una lámpara de pie ni nada de eso, al menos en viajes de trabajo. Pruébalo y verás cómo te gusta.


中身      中身      中身


Así que allí me encontraba yo, apenas un par de días después, sobre la cama de mi habitación del hotel, 3 X 3 metros. No le faltaba razón a Lavinia, todo limpísimo, moderno y simple. Una pantalla gigante ocupaba toda la pared a los pies de la cama, y un teclado se desplegaba de la mesilla, situada tras la cabecera. Una ducha justo para una persona y un armario empotrado. Poco más. 

Tras llegar aquella misma mañana, pasé por el hotel y fui directamente a mi primera reunión de trabajo. Una sala llena de gente, todos de pie y hablando a la vez. Me sentí como en Lost in Translation. Localicé a un americano de origen japonés de nombre Mitsuo, con el que estuve charlando y que me ayudó a conectar con algunos de los asistentes.

—Los japs son muy amables, o eso aparentan. Siempre sonríen para todo. Y aunque suelen hablar más bien en voz baja, por el tono parece que están a punto de desenvainar la katana y cortarte el cuello. Y cuidado con las reverencias. Nada de contacto físico. Te inclinas quince grados y ya está.

Me hacían gracia sus comentarios. Sobre todo porque hablaba de los japoneses como algo ajeno, cuando su apariencia era claramente la de un local. 

—Lo que más me cuesta— dije de lo poco que sé de japonés, es acertar con la entonación.

—Sí, cuando algún extranjero me pregunta qué sílaba se acentúa en una palabra, le respondo: todas. Prueba a acentuar todas las sílabas siempre y verás cómo en seguida te haces popular.

Se unieron al grupo otras varias personas y estuvimos riendo con las ocurrencias de Mitsuo. Él conocía bien las dificultades de los extranjeros y nos transmitía cierta sensación de tranquilidad. Casi olvidé cuál era el propósito de mi viaje: vender una fábrica de coches. Cuando se lo decía a alguien no se lo creía, pero era cierto. Un consorcio de empresas quería vender una fábrica de coches (una fábrica funcionando ya a pleno rendimiento) y otro quería comprarla. Y yo estaba en medio, «templando gaitas» como suele decirse, pensando que si aquello salía bien y todos quedaban contentos, me iba a llevar una comisión de las gordas.

Estuvimos todo el día reunidos allí, de pie, sin apenas comer, picoteando cosas desconocidas que había en unas bandejas. Y cuando eran ya las nueve de la tarde, y el jet lag empezaba a pasarme factura, se decidió que al día siguiente habría una reunión formal (esperaba yo que con sillas) y entraríamos en materia.

Algunos de los presentes hablaron de ir a conocer la ciudad, comer algo de más sustancia y tomar unas copas, pero yo me abstuve. Aparte del la excusa del jet lag, sabía por experiencia que esas copas después del trabajo te dejan zombi a la mañana siguiente.

—Recuerda que estamos en Agosto y en Tokushima hace mucho calor, y húmedo— se despidió Mitsuo. En un instante de pánico no entendí si había dicho Tokushima o Fukushima. Era evidente que necesitaba dormir. 

Llegué al hotel arrastrándome, me quité la ropa de cualquier manera y me metí en la ducha, (perfecto el control de temperatura), puse el despertador con el PC de la habitación y pedí el desayuno para la mañana siguiente bien temprano. No tenía intención de experimentar con los restaurantes locales donde los platos pasan ante tus narices a toda velocidad, y para cuando descubres los ingredientes, ya han pasado de largo. Y menos sentarme por accidente al lado de un turista orgulloso de saber usar los palillos, y que te mira por encima del hombro si pides cubiertos, cubiertos de los de toda la vida, quiero decir tenedores y así.
 
No quería sorpresas orientales, así que dejé bien claro que sería una jarra de café solo, un zumo de naranja y un croissant. Nada más. Después me senté sobre la cama con las piernas cruzadas, muy adecuado para aquellas latitudes, y más considerando que no había ni dónde sentarse ni dónde estar de pie.

Toda la pared del fondo de la austera habitación era un ventanal enorme de una sola pieza de vidrio, desde el techo hasta el suelo y de una pared a otra. Apagué las luces y me quedé mirando al exterior.

Una banda roja en el horizonte marcaba los restos de la luz diurna. Mi habitación debía estar por lo menos en un piso treinta, a la altura de los edificios circundantes, todos ellos torres recubiertas de letreros luminosos incomprensibles de todos los colores, que me recordaban la atmósfera de Blade RunnerPero el aire estaba muy limpio y en las calles el pavimento relucía de algún chaparrón que debió caer durante la reunión. Y había bastante tráfico para aquella hora. Pero no se oía nada, el cristal era realmente grueso.

Allí, sobre la cama, mirando el mundo distante a mis pies, en aquella especie de claustro materno, mi cordón umbilical, mi contacto con el exterior era sólo la conexión de fibra óptica que me unía a la recepción, al room service, a internet, a la televisión… Por un instante, sólo por un instante, comprendí a los hikikomori. Quién querría sumergirse en todo lo de ahí fuera, quién querría dedicar sus energías a vender una fábrica de automóviles, Hiding in my room, safe within my womb…

Hice un esfuerzo por olvidarme de las complicaciones del trabajo. Cualquiera en mi situación hubiera puesto la televisión; o leería un libro hasta que le llegara el sueño; o escucharía música. Yo preferí no pensar en nada. El curioso panorama desde el gran ventanal me hacía flotar sobre un mundo distinto, como en todos los viajes, y no pude evitar que un pensamiento, para mí ya familiar como una migraña, se me presentara sin avisar; un pensamiento que estaba siempre en lo profundo de mi mente, cubierto por otras preocupaciones y distracciones más cotidianas: y cuando esas trivialidades se tomaban un descanso, el pensamiento salía a flote, como el cadáver de un ahogado que sube a la superficie desde el fondo de un lago. El pensamiento era este: Nada de esto es real. Y también: y ¿por qué nadie parece darse cuenta excepto yo? 

No se trata de una lucubración que podría achacar al aburrimiento o al cansancio. Es un pensamiento sobre algo real, físico. Más o menos es así: Todo lo que vemos y sentimos, incluída la imagen que nos formamos de nosotros mismos, está hecho de corrientes eléctricas entre las neuronas del cerebro. Es posible que alguien, alguna entidad exótica haya conectado a nuestros cerebros unos electrodos que nos alimentan con sensaciones que tomamos por reales. O sea que no tenemos ninguna certeza de que ahí fuera haya algo de verdad. Aunque por otro lado, no tenemos más remedio que relacionarnos con eso, real o no, que es lo único que percibimos y que forma, en conjunto, lo que llamamos «nuestras vidas».

Y todo esto en la habitación mínima de un hotel japonés, tras una reunión extenuante con gente que hablaba idiomas incomprensibles y con una buena dosis de jet lag. Pensé si no debería ver a un psiquiatra. O directamente, ahorrarme los honorarios del loquero y tomarme unas cuantas pastillas de algún ansiolítico que me dejara K.O.

Nada de esto es real, volvía a escuchar en mi cabeza. «Pero entonces ¿qué hago yo aquí?», me decía. «Estás aquí para vender una fábrica de coches. Céntrate en eso. Y duerme para poder estar mañana en forma. Y quizá cuando todo esto termine, cuando termine de verdad, cuando traspases por fin la frontera de ese país ignoto del que ningún viajero regresa jamás, quizá entonces alguien te explique por qué estás metida ahí, ahí dentro, haciéndote preguntas absurdas. O puede que no llegues a saberlo nunca». 


…the undiscover’d country, from whose bourn
no traveller returns.



A sweet farewell

 



But, as the passage now presents no hindrance
To the spirit unappeased and peregrine
Between two worlds become much like each other,

So I find words I never thought to speak
In streets I never thought I should revisit
When I left my body on a distant shore.

(T. S. Eliot, Four Quartets, N°4, Little Gidding II)

Eternal sunshine of the spotless mind

 


El hombre era casi invisible, quiero decir que su apariencia era tán corriente, tán neutra, que nadie se fijaría en él. De estatura más bien reducida, sus maneras como de otra época eran la única peculiaridad que alguien recordaría de él. Parecía un personaje salido de una foto antigua del Café Gijón, aunque el bar en que estábamos era más bien modesto. Ya habíamos coincidido en otras ocasiones en aquel sitio.

Bebió un sorbo de Jack Daniel's de su vaso, y se quedó mirando al techo, en silencio.

Parecía que iba a quedarse así, inmóvil para siempre. Si no fuera porque tenía los ojos abiertos, hubiera pensado que se había dormido. O que se había muerto.

Traté de continuar la conversación.

—Entonces, si no le he entendido mal, usted sería partidario de borrar de nuestra mente los recuerdos no deseados.

Me respondió, como saliendo de un trance.

—Sí… más o menos. Perdone, me había distraído, ya sabe, los recuerdos… —y no pudimos evitar reírnos los dos.

 —Creo —continuó— que los recuerdos son a veces una carga, sería mejor hacerlos desaparecer para liberar nuestra mente de un dolor innecesario.

—Pero los recuerdos son en realidad parte de lo que somos, se ha llegado a decir que realmente, somos nuestros recuerdos —la suma de nuestros recuerdos, diría un matemático. Todo lo que nuestra memoria guarda, es eso que somos en el presente.

—En efecto, incluyendo los recuerdos que quisiéramos no tener. Piense en todos sus recuerdos que, al evocarlos le producen una desagradable sensación de "tierra, trágame"; o los recuerdos con que tienen que vivir gente como los policías o los soldados que regresan de una guerra, cosas que quisieran no haber visto nunca. Si pudiésemos borrar algunos recuerdos, daríamos cierta paz de espíritu a esas personas. De hecho, se han probado fármacos que permitirían borrar recuerdos de forma selectiva. 

—Cierto, y no parece mala idea, aunque dudo que los recuerdos individuales se puedan tratar y borrar uno a uno. La amnesia podría devolvernos la paz en algunas situaciones, pero a la vez haría que dejáramos de ser quienes somos. Piense en la enfermedad de Alzheimer, o la demencia senil, en que la pérdida de los recuerdos convierte a una persona en un ser que, ni reconoce a los demás, ni es reconocido por ellos. La manipulación de los recuerdos acabaría con nuestra personalidad individual.

—Entiendo lo que quiere decir… Quizá la clave estaría en un borrado selectivo. Creo que en el futuro, la medicina permitirá "localizar y destruir" —usando el lenguaje militar— los recuerdos que sean sólo una molestia de la que podamos prescindir y seguir siendo nosotros mismos. 

—Sería realmente un gran invento, pienso en recuerdos de mi pasado que eliminaría sin dudarlo.

—¿Ha visto usted "Memento", de Christopher Nolan? Es muy interesante, habla de una condición poco conocida, la amnesia anterógrada, la incapacidad para retener los recuerdos más allá de unos pocos minutos. Similar al caso de un tal Henry Molaison. Para curarle de graves convulsiones que hacían peligrar su vida, le cortaron el corpus callosum,  es decir, le seccionaron el cerebro por la mitad. Sí, sí, no ponga esa cara. Puede hacerse. Cuidadosamente, claro está. El caso es que contrajo amnesia anterógrada. Y Clive Wearing, a quien una infección vírica lesionó el cerebro y le dejó en el mismo estado. Recordaba sólo lo anterior a su enfermedad. A partir de aquel punto, todo le parecía nuevo; cada vez que veía a su mujer, se emocionaba como si no la hubiera visto en años. Una forma complicada de vivir… pero curiosamente, conservaba su habilidad para tocar el piano, y con el tiempo, llegó a habituarse, en cierto modo, a su nueva condición.

—Hay varios textos sobre la persistencia de la memoria. ¿Ha oído usted hablar de un personaje que se hace llamar *entangled*? Es un sujeto que escribe en internet, y reflexiona a veces sobre la posibilidad de que los recuerdos persistan tras la muerteaunque creo que es sólo un recurso literario, ya que dice ser ateo y no creer en la supervivencia de la mente tras la muerte física. La idea que menciona *entangled* procede de la película japonesa "Afterlife". Y *entangled* menciona también otra curiosa idea: Que nuestra existencia depende de los recuerdos que dejamos en la memoria de otras personas. 

—¿Le conoce usted?

—¿A *entangled*? Claro, yo soy *entangled*.

—Usted lo que es es un bromista, pero me interesan sus ideas sobre la memoria.

—La memoria es el tiempo colocado secuencialmente. Einstein decía que en realidad todo está presente ahora. Hasta inspiró un poema de T.S. Eliot sobre ese punto.

—¿Einstein?, no es personaje que goce de mi simpatía… Siempre he pensado que era un pusilánime, dubitativo, carente del coraje que hacía falta para publicar a las claras lo que las evidencias ponían delante de sus narices. Pero dudaba, tardó años en atreverse a mostrar la Relatividad General. De no haberlo hecho, no hubiera pasado nada: la Relatividad estaba ya para entonces "madura", estaba en el ambiente, por así decirlo. En menos de una década algún otro físico más atrevido la hubiese publicado. Pero no niego que Einstein era un excelente matemático, y que tuvo la intuición de juntar ideas de la física de su tiempo que estaban ya presentes en los foros científicos. Pero estoy divagando…

—Siga, esa idea del borrado selectivo de la memoria me ha recordado una película curiosa, no recuerdo el título. Trata de un hombre y una mujer, una pareja con una relación cuando menos problemática, una alternancia de encuentros y desencuentros. No es una película de ciencia-ficción, aunque contiene elementos fantásticos. Resulta que un día, el hombre se entera de que ella ha decidido someterse a un tratamiento que le permitirá borrar todos los recuerdos relacionados con él. Él se sorprende, se siente humillado, sufre el mayor desprecio que se pueda uno imaginar, que otra persona borre de su mente todo recuerdo relacionado con uno…

El hombre levantó el vaso vacío.

—El caso es —dije— que no recuerdo el título de la película. Es algo como "Eternal sunlight…" No, "Eternal silence…" algo parecido. ¿Está usted haciendo un brindis a la diosa de la memoria?

—No. Estoy indicando al camarero que me traiga otro whisky. ¿Quiere usted también?

—Por supuesto. El whisky es excelente para prevenir la decadencia del cerebro… Quizá porque contiene componentes químicos comunes con los rabos de pasas. Así evitaremos que se nos quede el cerebro como una tabula rasa… ¡"Spotless mind"! Eso es, "Eternal sunshine of the spotless mind", ese es el título.

—No le han hecho falta las pasas… Pero tomémoslo despacio, no como los americanos, que parecen tener prisa por apurar sus bebidas.

—Prisa para todo. Vano esfuerzo, la muerte les alcanzará igualmente.

—Aquí vienen nuestros vasos. Y la muerte no ha llegado todavía.

She's very rarely late…


If only there could be an invention that bottled up a memory, like scent. And it never faded, and it never got stale. And then, when one wanted it, the bottle could be uncorked, and it would be like living the moment all over again. 

(Daphne du Maurier, Rebecca, 1938)


We're just two lost souls swimming in a fish bowl
Year after year
Running over the same old ground
What have we found?
The same old fears

(Roger Waters, Pink Floyd, Wish You Were Here, 1975)



How happy is the blameless vestal's lot! 
  The world forgetting, by the world forgot. 
  Eternal sunshine of the spotless mind! 
  Each pray'r accepted, and each wish resign'd?

(Alexander Pope, Eloisa to Abelard, 1717)





Sniper

 



Los dos chicos iban charlando apoyados junto a la puerta del vagón del metro.

No es tán complicado. Una ecuación no es más que una igualdad de dos expresiones matemáticas. Y entonces, si alguna parte es una derivada, la ecuación se llama ecuación diferencial.
—No, si lo entiendo, pero a lo mejor es que no le veo una utilidad clara.
—Luego te pondré un par de ejemplos y verás cómo lo pillas. Es muy fácil.
—Eh chicos ¿cómo se abren las puertas?

Los dos levantaron la vista a la vez hacia la joven que al parecer les hablaba a ellos. Estaba en el centro del vagón, cogida con un brazo a la barra vertical. Con la otra mano sujetaba un patinete eléctrico.

—Tienes que apretar el botón verde, el que pone 'OPEN'— dijo uno de ellos.
—¿Y para cerrar las puertas?— replicó la chica.
— Carl, ¿no ves que te está tomando el pelo?— y dirigiéndose a ella: —las puertas se cierran solas antes de que el tren arranque.
—¿Quieres decir que las cierra el conductor?— continuó ella.
—Este tren no lleva conductor, es automático.
—¿Que no lleva conductor?— el gesto de sorpresa de la chica parecía genuino.
—Carl, te digo que te está tomando el pelo.— Pero él parecía haber adquirido un repentino interés por la chica y la observaba, ahora con más atención. 

El aspecto de ella era algo peculiar. No era muy alta, metro sesenta y cinco o así, pero parecía fuerte. "Seguro que juega a balonmano o hockey hierba" pensó Carl. Pelo muy corto y rubio. Hablaba un poco raro, parecía extranjera, como de algún sitio de centroeuropa. Vestía un mono negro con grandes lunares color naranja, con una cremallera a lo largo del frontal. Manoplas y zapatillas de ciclista. Y una pequeña mochila de la que parecía asomar la cabeza de un conejo de peluche que guiñaba un ojo.

—El tren no tiene conductor, pero es mucho más seguro que si lo llevase.
—No me lo creo, pero es igual. Ciao.

La chica dio una palmada al botón verde mientras el tren iba frenando ya en la estación. Bajó del vagón con el patinete y Carl salió tras ella. Su amigo se quedó atónito.

—Pero ¿a dónde vas?
—Las ecuaciones diferenciales otro día. Sorry, es un LAFS.— LAFS era su clave para "Love At First Sight".

Carl caminaba tras ella en medio del andén abarrotado, con gente moviéndose de aquí para allá entre codazos y empujones. Ella se quedó parada y se creó un atasco momentáneo. Se dio la vuelta.

—Tío, me estás siguiendo.
Pues sí, pero yo no voy por ahí contando mentiras, "¿Cómo se abren las puertas?"— dijo imitando la voz de ella. —Yo lo que digo es: a la salida de esta boca del metro hay una cervecería muy buena. Salimos, te invito a una cerveza y ya está. Y te cuento cómo funciona el metro automático sin conductores.

La chica lo pensó un instante.

—Bien, pero vamos ya, que aquí estamos entorpeciendo el paso y me están pisoteando el patinete.

Salieron a la calle y se dirigieron a la cervecería. Había mucha gente. Él le señaló una mesita en el centro del local.

—Coge la mesa, yo voy a pedir a la barra. ¿Media pinta de lager?

Ella hizo un gesto afirmativo y se sentó en una banqueta alta. Se acercó una camarera que andaba recogiendo mesas.

—Tiene que dejar el patinete en la calle.

La chica puso gesto de contrariedad, justo cuando llegaba él con las jarras.

—Tengo que dejar el patinete fuera. ¿Y si me lo roban?
—No, aquí no te lo van a robar. ¿De dónde vienes tú? Puedes dejarlo tranquilamente.

Ella salió y dejó el patinete apoyado junto a la puerta. Regresó con expresión inquieta.

—¿Seguro que lo puedo dejar fuera?
—Que sí, no te lo van a quitar.— Chocaron las jarras. —Salud.
—Salud. Es un patinete eléctrico muy bueno. Eso y el metro, lo mejor para moverse por ahí.
—¿Qué haces? ¿Repartes pizzas o así?
—No. En realidad soy… es un secreto, no se lo puedes contar a nadie.
—Soy una tumba.
—Soy sniper.
—¿Cómo?
—Sniper, especialista en tiro a larga distancia. Los militares lo llaman francotirador.
—Vaya, a mí nunca se me hubiera ocurrido improvisar una profesión así. Yo soy sólo estudiante de ingeniería civil. Y qué, ¿estás aquí por algún encargo? ¿Atentar contra algún político o algo así?
—No, no es un político, es un particular. Un particular es cuando no es político ni de ningún servicio del gobierno, o sea, empresarios, jueces, gente corriente.
—Y en la mochila esa del conejito llevas el rifle desmontable…
—No, no. El rifle lo recogeré hoy, todavía no me han dicho dónde.
—Pero sí que sabrás quién es el objetivo…
—Sí, eso tengo que saberlo mucho antes para prepararlo todo.
—Y ¿piensas dedicarte a esto toda la vida?
—No, quiero reunir dinero y dejarlo, dedicarme a otra cosa, pero no todavía. Entré en este oficio por casualidad. Pero empieza a ser un poco estresante.
—Y ¿no te parece inmoral, ser un sicario de esos que salen en los periódicos?
—Oh no, los sicarios son gente de países pobres, donde se mata por cantidades mínimas. Yo me dedico a trabajos de precisión, no es lo mismo.  
—La verdad es que pareces de lo más convincente.
—Y más te lo voy a parecer cuando despiertes y tengas que contarlo a la policía.
—¿Cuando despierte?
—La cerveza. El sabor amargo disimula muy bien otros sabores. Dentro de un poco te quedarás dormido. Tranquilo, no es letal. Pero para cuando despiertes yo ya habré hecho el trabajo y estaré en un avión camino de… quién sabe dónde, quizá otro encargo.

Carl miró su jarra de cerveza, ya casi vacía y, por primera vez sintió un leve escalofrío. No podía ser cierto. Estaba seguro de que todo era una broma, aunque muy elaborada.

—Te quedarás dormido. Primero la gente pensará que estás borracho. Luego comprobarán que no te despiertas y pensarán que te has desmayado. Preguntarán si hay un médico. Llamarán a una ambulancia y te llevarán a un hospital. Cuando te despiertes, te dirán que has sufrido una bajada de azúcar, pero que estás bien.

Carl apoyó las dos manos sobre la mesa. Se sentía algo mareado. La miró incrédulo. La chica  tenía unas bonitas facciones, casi de adolescente. Ella le miraba sonriendo, con gesto de lástima.

—Cuando veas que te vas a desmayar, pon los brazos sobre la mesa y la cabeza encima. Así no te caerás al suelo. Pobre Carl, lo siento pero tenía que hacerlo, es una maniobra de distracción. Cuando se lo cuentes a la poli no se lo creerán, pero añadirán más información confusa, más ruido. Mezclarán unas cosas con otras, se fijarán en lo que no deben, como en un truco de magia. Un mono negro con topos naranja, una mochila con un conejito, un patinete… Para entonces ya no me pareceré a Maddie Ziegler, seré más bien como Miranda Sings.
—¿Cómo te llamas?— Carl sintió que se le cerraban los ojos, se le caía la cabeza de sueño.
—Eres un encanto. ¿No querrás que te diga mi nombre real, verdad? Inventaré un nombre bonito para que me recuerdes. ¿Qué te parece Paola? Sí, ese está bien, Paola. Bueno, me voy que tengo cosas que hacer. No voy a pagar, y como tú tampoco vas a pagar en medio del follón que se va a montar, pues resulta que nos han invitado a unas cervezas, ya ves.

Se levantó y se dirigió a la puerta. Cogió su patinete y asomó la cabeza sonriendo, haciendo gesto de "adiós" con la mano. Su boca pronunció en silencio, muy despacio: Paola.

Carl notó que estaba a punto de caer. Hizo lo que se le había dicho. Apoyó los brazos cruzados sobre la mesa y la cabeza encima. La gente pasaba a su lado sin fijarse apenas en él. La camarera se acercó.

—Señor, no puede estar aquí…— Pero Carl ya no le oía.


Where's your mother? Fall down dead
dirty mind 
dirty mouth 
pretty little head

I wish you were here, I wish you'd make my bed
dirty mind 
dirty mouth 
pretty little head…




Tortas de Alcázar

 



Nos encontramos en el AVE Madrid-Sevilla, hace ya muchos años. Y a pesar del tiempo transcurrido, no he olvidado nuestra conversación.

La dama —y digo 'dama' porque entonces, aunque yo no era ya ningún jovencito, ella había pasado ese límite difuso que convierte a una chica en una señora— realmente no era tán mayor. Simplemente, de una generación algo anterior a la mía.

Fue una suerte que ocupase el asiento contiguo, considerando la clase de vecinos de asiento que nos pueden tocar en un tren o en un avión. La dama tenía aspecto y modales de cierta dignidad, clase media, discreta. Profesión liberal, pensé; o quizá enseña en una universidad. Es curioso cómo se perciben esos detalles casi antes de cualquier interacción. Estamos seguramente programados para notarlo, una habilidad que debe estar relacionada con nuestra supervivencia.

Comprobó el número de asiento, me hizo una leve inclinación de cabeza y se acomodó a mi lado. Pensé que iba a sacar un libro o una revista, por algún motivo no me parecía la clase de persona que está todo un viaje concentrada en su móvil, ni mucho menos en un portátil. Tampoco pidió auriculares. Simplemente se quedó con la cabeza apoyada en una mano, mirando al frente sin apenas moverse.

Tampoco yo pedí auriculares ni saqué ningún libro. En los trenes me gusta mirar por la ventanilla y ver el paisaje correr ante mis ojos. En un AVE el paisaje se mueve algo deprisa, así que cierro los ojos de vez en cuando. 

El tren inició la marcha, y en poco tiempo estábamos ya en camino y a toda velocidad. Al cabo de un rato, aparté la vista de la ventanilla y miré el panel junto a la puerta del vagón que mostraba la velocidad del tren: 299 Kph. La voz de ella casi me sobresaltó.

—¿Va usted a Sevilla?
—No, me quedo en Córdoba.

Y de ahí iniciamos una conversación casual sobre los viajes en tren y de cómo la duración de éstos hacía las conversaciones entre viajeros mucho más infrecuentes.

Seguramente nuestra diferencia de edad me convertía en inofensivo. Pensé que ella nunca hubiera iniciado una conversación de haber sido de mi edad. Así son los protocolos sociales y yo los acepto aunque no los entienda.

La conversación derivó a otros temas, y por un momento tuve la sensación de que me estaba haciendo una encuesta, o recopilando datos para documentar una novela. De repente dijo:

—¿Alguna vez ha experimentado la melancolía? —La miré con gesto algo sorprendido— Quiero decir, no tristeza por causas lógicas. Me refiero a esa sensación vaga de pena o de nostalgia, por algo que no nos concierne, pero que nos afecta sin que sepamos por qué.

No soy una persona sociable, he tenido que aprender a serlo por motivos profesionales. De modo que las preguntas personales me violentan, y más si proceden de alguien desconocido. Aunque fueran, como en este caso, de una persona a la cual posiblemente nunca volvería a ver.

Me quedé pensando un rato.

—Varias veces, sí. Si he entendido a lo que se refiere.
—Cuéntemelo. Si no es muy personal, claro.

Está escribiendo un libro, seguro —pensé— o un estudio o algo así. Debe ser psiquiatra; o periodista; o está haciendo una tesis doctoral.

—Sí que es personal, pero nada especial, no me importa contarlo.

Y con la sensación de ligereza que produce hablar con una persona totalmente desconocida, se lo conté.

—En cierta ocasión, siendo yo pequeño, deambulaba por una feria instalada en las afueras del pueblo donde vivía. Ya sabe, tiovivos, montaña rusa, casetas de tiro al blanco, tómbolas y todo eso. Fui a parar a un tiovivo, casi al final de las instalaciones. Estaba desierto. No había público, no había niños, bueno, realmente a aquella hora no había mucha gente en ningúno de los puestos. El tiovivo estaba detenido y vacío. Un hombre —seguramente el dueño o el encargado— estaba sentado en el borde de la plataforma circular del tiovivo. Miraba al infinito, inmóvil, serio. No había nada especialmente dramático en su actitud. Sólo lo que a mí se me antojaba una expresión trágica, que por alguna razón proyectaba a su alrededor el dolor de la existencia, no sé decirlo de otro modo. Pero recuerdo que casi me puse a llorar sin saber por qué. Y ese recuerdo se me ha quedado grabado, entre otros muchos que he olvidado, y de vez en cuando aparece en mi memoria y noto como una angustia inexplicable.

La mujer quedó en silencio. Al rato, habló.

—Sé a lo que se refiere. No sé por qué pero las ferias producen esos sentimientos en muchas personas.
—¿Quizá porque son algo transitorio?
—O porque los feriantes tienen algo que nos hace pensar en la imposibilidad de salir de esa… rueda. La feria de donde no pueden escapar, y siempre de aquí para allá…
—¿No esta usted complicándolo un poco? A veces cuando somos niños, algunas imágenes se nos quedan grabadas, y no hay ningún motivo. Quizá es sólo nuestro estado de ánimo en ese momento. Aunque no las olvidamos.

Ambos quedamos silenciosos. Vi en ella de reojo una ligera sonrisa. Pensé, sonriendo a mi vez "Ahora me toca a mí".

—Bien, y ¿no debería contarme usted ahora su momento de melancolía?

Los dos nos reímos.

—Claro, por supuesto. Verá, hace muchos años, incluso antes de su episodio de niño en la feria, yo hacía un viaje en tren. Pero no como éste. Era un tren que hacía el trayecto Barcelona, Valencia, Alcázar de San Juan, Córdoba, Sevilla y Algeciras. Creo que era así. Yo iba en un coche cama. Uno de aquellos vagones que quizá usted no ha llegado a conocer, unos vagones que por algún motivo eran de origen portugués. Unos preciosos vagones color azul marino con un escudo dorado; y una leyenda que no he olvidado. «Companhia Internacional das Carruagens - Camas e dos Grandes Expressos Europeus».
—Sí que los conozco, pero por fotos de archivo. Eran de «Wagons-Lits Cook».
—Exacto, en uno de esos vagones iba yo durmiendo. Entre Valencia y Sevilla. Y a media noche, yo creo que serían las tres de la madrugada, hicimos la parada en Alcázar de San Juan. Era una noche de invierno; la estación apenas iluminada con unas mustias bombillas; la niebla cubriéndolo todo. No me pude resistir y bajé la ventanilla. En aquellos vagones se podían bajar las ventanillas. Y había un aviso que decía "é perigoso debruçar-se". El aire gélido se coló en mi cabina y me cubrí con la manta. A ambos lados casi no se veía el andén, a los pocos metros desaparecía en la niebla. El silencio era absoluto. Y entonces, en uno de los extremos, oí una voz. Era una voz lastimera y débil, pero clara. Alguien caminaba por el andén vendiendo algo a los pasajeros. «¡Tortas de Alcázar! ¡Tortas de Alcázar!», anunciaba con una voz tristísima amortiguada por la niebla. Cuando el vendedor llegó a mi altura, distinguí a un hombre de mediana edad, con una gran cesta plana de mimbre cubierta con un lienzo. Le compré dos tortas. Le pagué y me saludó llevándose una mano a la boina. El tren arrancó de golpe. Me comí las tortas acompañadas de café con leche que llevaba en mi termo.

La mujer quedó en silencio, y al volverme hacia ella noté que tenía la mirada brillante. Aparté la vista, me sentía como un intruso invadiendo un instante muy personal seguramente imposible de explicar.

—Ya sé que es una tontería, no se sabe por qué hay cosas que se le quedan a una grabadas y nunca desaparecen. 

Quedamos en silencio. Parecía que ninguno de los dos se atrevía a empezar a hablar de nuevo. Así continuó el viaje, mucho más corto de lo esperado.

—Mire, parece que estamos llegando a Córdoba.

Me levanté casi bruscamente y recogí mis cosas.

—No sé si volveremos a coincidir— dijo. —Los viajes en tren ya no son lo que eran…— Extendió la mano. —Soy Adela. Gracias por sus confidencias.
—Yo soy Raúl, lo mismo le digo. Tenga cuidado en Sevilla, creo que está haciendo un calor espantoso.

Aquella noche, antes de dormirme, estuve pensando qué podían tener en común mi sentimiento ante el tiovivo solitario y el de ella en la estación de Alcázar. El tiovivo al final de la feria, donde empezaba el campo, el final de un mundo; y el andén de la estación, perdiéndose en la niebla, sin saber qué había más allá. Recuerdos que con frecuencia se van. Y otros que quedan como clavados, que nos persiguen para siempre, preguntas sin respuesta.