De profundis

 



¿Nunca has limpiado una letrina? ¿Que no sabes lo que es? Ay, ay, ay, estos millennials… Del latín latrina latrinæ -> retrete. Los había en los baños de la antigua Roma, montados en batería, y en ellos se sentaban patricios, senadores &c. a comentar asuntos de negocios o de política, o sea como ahora:

—Entonces ¿tu crees, Lucius Caius Septimius, que los galos son una amenaza peor que los cartagineses?
—Lo que creo, Anneus Maximus Aurelius es que has comido demasiadas coliflores.

Un inodoro (así llamado por motivos que no comprendo), un WC. ¿Ya? Bien a eso me refería. Seguro que eres varón, como se verá más adelante.

Si has estado en los Marines —como los de las películas— habrás limpiado letrinas seguro, aunque es poco probable que hayas estado en los Marines siendo como eres de Tomelloso. Lo más seguro es que alguien limpie tu letrina por tí. Puede ser una persona encargada al efecto (que suele ser mujer. [Nota a las feministas] no me pregunten por qué suele ser mujer, pero la estadística no engaña [Fin de nota a las feministas]). También puede que sea tu mujer, persona amable y consentidora, a la que le gusta tener la casa como los chorros del oro. (Dicen que hay un instinto ancestral en las mujeres que les lleva a la pulcritud en el mantenimiento del nido, pero si sigo por ese camino, me voy a pasar el rato con notas a las feministas, así que lo dejo ahí).

Para limpiar correctamente un retrete, oh docto varón que me lees, hacen falta dos cosas: equipamiento y determinación. Sobre todo esto último, ya que, al contrario que el equipamiento, la determinación no se puede comprar en el súper.

El equipamiento consistirá en un producto químico adecuado, de esos que se disparan con un gatillo, dos estropajos duros (ya que seguro que el primero acabará deshecho), guantes de fregar (sí, sí, de esos tán baratos, a ver si te crees que vas a hacer cirugía oftalmológica), y opcionalmente, aunque recomendable, papel de cocina y una esponja (quizá dos, por las mismas razones que el estropajo). No se los pidas a tu mujer, ya que te dirá algo como "¿Qué c*** estás tramando?". Sé discreto, mantén un aire despreocupado, no des pistas, James Bond.
 
Provisto de todo ello, necesitas la determinación. Recuerda a los pilotos suicidas japoneses, inspírate en ellos, ciñe tus sienes con la bandera del Sol Naciente, llena un vaso de saké, apúralo de un trago, ¡Banzai! Vamos, concéntrate, no tenemos todo el día, y el retrete sigue ahí, con sus fauces amenazadoras abiertas como el cráter de un volcán.

Mi recomendación es que te sientes ante el retrete en una banqueta de baño. Si intentas maniobrar inclinado o de rodillas acabarás deslomado. Escucha la voz de la experiencia.

Aprecia la magnitud del enemigo al que te enfrentas. Voces amigas te han dicho que el retrete está limpio. ¡Mentiras piadosas, sepulcros blanqueados! El retrete sólo parece limpio, lo suficiente para que ese visitante coñazo al que le da por mear en tu casa, no salga del cuarto de baño con expresión de horror y deshonre tu linaje.

Observa los detalles. Los retretes no son como los de Japón, que lanzan un chorrito de agua apuntando a tu ano, si tu geometría —sin duda distinta al fenotipo japonés— lo permite, ya que de lo contrario impactará en los aledaños. [Nota para potenciales lectores infantiles] Preguntad a papá qué son los aledaños [Fin de la nota]. Digamos que allí en el Pais del Sol Naciente, los retretes son híbridos (sí, como los Toyota), híbridos de retrete y bidé.

Por el contrario, los retretes de aquí se limitan a soltar el agua de la cisterna por debajo del borde, en una zona invisible e inaccesible que parece no existir. Pero ¡existe! Y va a ser tu principal enemigo. Analiza los restos de materias innombrables que se alojan y medran en esa rendija. Necesitarás un espejo. ¡No, no! No el espejo que usa tu susodicha para depilarse las cejas (y también tú lo haces, conocemos tus secretos, tus esqueletos en el armario). Necesitas un espejo parecido al que usan los TEDAX para ver si hay una bomba debajo de un coche. Sé creativo, improvisa, no empieces ahora a poner pegas. Tal espejo te revelará lo que no querías ver, lo que nadie quiere saber, la cruda realidad.

Ponte los guantes. ¡No te mojes las manos todavía! Demasiado tarde. Ahora debes esperar a que se sequen o los guantes no entrarán. Están diseñados para que funcionen así. Bien, póntelos ahora, esta vez sin sorpresas. Coge la botella de líquido limpiador con la mano izquierda y el estropajo con la derecha, y dispara una cantidad adecuada en la zona más dura del estropajo. Trabaja, rasca, sé metódico y concienzudo. Nadie ha dicho que fuera sencillo. Si se te cansa la mano, cambia de mano; si se te cansa la espalda… tómate un respiro. Abre la botella del whisky caro ese que tienes para las grandes ocasiones. Te lo has ganado, campeón. Tampoco te vayas a quedar traspuesto ahora, no es el momento. Levanta, regresa a tu puesto de combate y aférrate al estropajo. ¿Qué se ha desgastado? Eres un crack, pero ya te lo advertí. Coge el otro y adelante.

Cuando creas que el resultado es perfecto, o aceptable, o el retrete haya ganado la batalla y decidas que basta por hoy (lo primero que suceda de las tres cosas) recoge los instrumentos, haz reset a la determinación (ya no te va a hacer falta por hoy), y sobre todo, no se te ocurra decirle a tu mujer que tienes una sorpresa para ella, o corres el riesgo de decepcionarla (una vez más).
 
Piensa en la buena obra que has realizado, el acto perfecto taoísta, el deber por el deber kantiano, algo que nadie sabrá que has hecho (a no ser que disponga de un espejo adecuado). Y ahora puedes hacer caca feliz y satisfecho, con ese sentimiento de completitud, de que todo encaja, de que a pesar de los agoreros y los amargados, la perfección existe, el éxtasis es alcanzable, aunque fugaz y esquivo. Sí, comprendo que te emociones. Llora si es lo que necesitas, no te de vergüenza, los hombres también tenemos sentimientos. Y Cillit Bang.    

De profundis clamavi ad te, Domine;
Domine, exaudi vocem meam. 

(Salmo 130, Libro de los Salmos)




3 comentarios:

  1. Nunca me había dado cuenta de lo muy divertido que es hacer las tareas del hogar, pero esta chica del vídeo me ha abierto los ojos. Yo estaba pasándolo bomba sin saberlo! :D

    Y luego, con tu tractatus sobre la limpieza del wc, no sólo he tomado conciencia de las profundas implicaciones que tiene dicha tarea, sino que hasta me ha dado un poquito de asco, fíjate :D

    Pero, las cosas como son, el texto como tal es impecable. Al contario que otras cosas.

    Un saludo.

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    1. Si etiquetase las entradas de este blog por categorías (cosa que no hago), ésta entraría en el apartado de "divertimentos y ocurrencias". Como le decía Debussy a Erik Satie, "debes prestar más atención a la forma". Aquí también vale más fijarse en la "forma", ya que el "fondo" da, en efecto, algo de grima. Y más considerando que, como he dicho en alguna ocasión, para que un texto sea creíble debe tener algo de vivencia personal. Dejémoslo ahí.

      Gracias por la visita y el coraje.

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  2. Un profe que tuve de física y química me ayudó mucho con los escrúpulos. Vino a decir que cada cosa que veamos a nuestro alrededor, desde un trozo de cornisa hasta un vómito, absolutamente todo está hecho de los mismos elementos de la tabla periódica.

    El efecto placebo que aquella clase produjo en mí me acompañó durante años ante todos mis ascos, pero nunca he logrado sortear el influjo nauseabundo de un mal aliento. Y ahí no hay tabla periódica que valga.

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